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Not quite

 Juan, cansado de su rutinaria vida, fue en búsqueda de alguno de aquellos mundos paralelos de los que tanto oyó hablar a unos compañeros de trabajo.

Años pasaron hasta que encontró la puerta que lo llevaría a esos mundos. Dio un paso sin mirar atrás y ¡ay de él! Una vez adentro, y ya sin vuelta, se dio cuenta de que ese no era un lugar para él. La diferencia con los habitantes era abismal, enseguida supo que iba a poder dominar todo con su inteligencia y su viveza, o al menos con la ventaja que les llevaba. Lo verían como un dios: la tentación era muy grande, y con las tentaciones, vendría la corrupción; él no quería el mal a nadie. Decidió aislarse, irse lo más lejos que sus pies le permitieran y lo más rápidamente posible. Nadie debía saber de su existencia. 

¿Qué pasó? Un detalle pequeño, minúsculo, microscópico comparado con la enorme travesía realizada, pero de enorme peso. La dislexia que tanto le había costado en su infancia le había jugado una nueva mala pasada: no eran mundos paralelos, sino mundos para lelos.

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